20 años no es nada
«Que 20 años no es nada» como dice el tango habría que verlo bien. A unos pocos días de empezar este curso empecé a pensar que justo 20 son los años que llevo en esto de la educación. No diría yo en este sentido que han sido nada. Fue un lejano primero de septiembre de 2006 cuando crucé la puerta de mi primer destino. Con la plaza de funcionario recién adquirida me presenté ante el director de aquel centro. Animado, temeroso e ilusionado a partes iguales. Nadie más había en todo el edificio pues ese año, el día 1 caía en viernes y la gente había usado el «comodín del viernes» para alargar las vacaciones. Desde luego han cambiado algunas cosas desde aquellos entonces. Diga lo que diga Gardel, 20 años pesan. Y habiendo pasado ya la mitad de mi recorrido profesional creo que es buen momento para hacer ciertos balances.
Han sido 20 cursos de docencia directa y eso es lo primero que me ha impresionado cuando he echado la vista atrás. Sin ningún tipo de excedencia, sin bajas ni siquiera por paternidad (pues mis dos hijos nacieron en verano), sin comisiones de servicios o puestos directivos. Curso tras curso, horarios completos de docencia. Esto es algo que me hace sentir cansado pero a la vez lo digo con satisfacción. Sobre todo por haber llegado tal y como estoy a este punto de mi carrera profesional. Teniendo en cuenta además que esta carrera la comencé sin ninguna vocación. Fue una llegada casual y un aterrizaje brusco en un lugar en donde siempre imaginé que tan solo estaría unos años. Algo provisional. La realidad se fue imponiendo poco a poco, cambiando mis planes y me tocó ir adaptándome. En ese proceso me tocó convencerme de que este no sería un lugar de paso, sino mi lugar. Con la ingeniería recién terminada y sin ningún conocimiento de didáctica ni pedagogía (en aquella época para ser profesor de Formación Profesional no era necesario ni tener el Certificado de Aptitud Pedagógica o CAP), me tuve que poner en frente de 30 adolescentes para explicarles conceptos de sistemas operativos, redes, programación, etc. A veces se me vienen a la cabeza aquellas primeras clases y creo que tuvieron que ser horribles. Siento lástima por aquellos chavales y por el turrazo que les tuve que soltar. Las mañas las fui pillando poco a poco. Mejorando el tono, afinando los materiales y las prácticas, los gestos e incluso la postura. Todavía sigo en proceso porque la mejoría siempre es necesaria y el aprendizaje no termina nunca.
He pasado por varios institutos y sin darme cuenta, en algún momento dejé de pertenecer al grupo de los «profes jóvenes» para convertirme en un veterano del claustro. Es algo que no me gusta, pero no por las razones que podrían ser mas obvias, sino porque me yo mismo me he metido en ese rol de profesor veterano y gruñón. Me veo a mi mismo, mas veces de las que me gustaría recordando tiempos pasados con algún compañero o contándole a algún veinteañero recién llegado al claustro como se hacían antes las cosas. Me fuerzo por no caer en lugares comunes como el de «todo está ahora mucho peor» o el de «antes las cosas si que se hacían bien». No es el objetivo de este artículo desgranar o reflexionar sobre la situación actual de la educación pública. Para esto necesitaría un ensayo largo y bien estructurado y no un conjunto de anécdotas y recuerdos como las que estoy aquí relatando. Sin embargo, lo que es verdad es que el cambio en el sistema en estos años ha sido notable. Yo este cambio lo remarco en dos hitos que para mi fueron significativos y donde cada uno de ellos trajo cambios drásticos en el sistema.
El primero de estos hitos que me tocó vivir fue la crisis financiera del 2008. Si bien no tuvo un gran efecto ese año, recuerdo perfectamente como hacía el 2010 o 2011, las políticas de austeridad reventaron la financiación de la escuela pública hasta límites que no pensaba que iba a vivir. Recuerdo tener claustros donde el director nos comunicaba que no había llegado el dinero ni para pagar el gas y hubo que mover dinero de otras partidas para poder tener calefacción en invierno. Recuerdo como los ciclos superiores de Formación Profesional, que habían sido gratis hasta ese momento, comenzaron a ser grabados con una matrícula al comienzo de cada curso. Recuerdo bajadas de suelo, pagas extra que desaparecieron y cuentos de miedo que corrían por los pasillos hablando de como a los profesores en Grecia les habían mandado a casa sin sueldo durante meses. El otro gran hito importante que marcó mucho el cambio de dinámicas fue la crisis de COVID19. El desafió del confinamiento obligó a todo el personal del sistema educativo a aprender a manejar herramientas para la docencia remota. Algo que hoy vemos con mucha normalidad pero que supuso un buen trauma para muchos compañeros, sobre todo de edad más avanzada. Tras el año complicado, fueron cayendo poco a poco ciertos cambios que, por lo menos yo he percibido en un aumento tremendo de la burocracia administrativa. La cantidad de documentos e informes que hemos de rellenar junto con el insoportable nivel de exigencia para otros sobre los que antes pasábamos apenas por encima ha crecido exponencialmente. Yo últimamente tiro de sorna cuando estoy muy quemado con el tema y suelo decir que «aquí, a lo que venimos es a rellenar papeles y en los ratos libres, damos clase».
En los últimos años es el tema de la IA el que me tiene algo más preocupado y desanimado. Ya os hablé de esto en otro artículo el año pasado. Aunque reconozco los usos positivos que se puede dar a esta tecnología creo que en general, el uso masivo tanto de la IA como de las pantallas a nivel de educación ya nos está pasando factura. No hablo del famoso informe PISA sino de lo que muchos profesores podemos percibir en nuestro alumnado de forma mayoritaria respecto a sus problemas de salud mental y su falta de atención. La gran desigualdad dentro del sistema también me irrita. Mentiría si dijera que durante todos estos años no he visto al sistema intentar adaptarse e incluir a todo tipo de alumno por variado que este resulte. Los esfuerzos en este sentido han sido muchos y la energía gastada por parte de compañeros para adaptar, incluir y apoyar ha sido ingente. Sin embargo, la sensación de que la escuela esta sufriendo una desigualdad mayor es también real. Cualquiera que ha dedicado un par de ratos a pasearse por unos cuantos institutos sabe lo determinante que es el código postal sobre los resultados académicos de un aula. Por supuesto que hay casos de éxito que contradicen la estadística. Pero la fuerza de la tendencia es gigante. Explosiones de ira como la que está ocurriendo en Francia no me sorprenden en absoluto. Tras nosotros tenemos una generación a la que no entendemos y que solo nos preocupamos en denostar y menospreciar. Del artículo enlazado me ha llamado la atención el siguiente extracto:
[...] el estudiante de bachillerato francés haya abierto los ojos ante una situación que de repente le pareció insoportable. Se dio cuenta de que los adultos que pretendían guiarlo lo humillaban constantemente. Ha visto que su generación estuvo encerrada durante dos años por el Covid para salvar a sus abuelos, y que sus abuelos votaron en contra de sus intereses. Ha visto que el planeta ha sido devastado por la generación anterior, y que debe disculparse por comprar moda rápida. [..] Por todas partes, escucha que es una generación tonta, superficial y estúpida, y apenas acaba de nacer. Se da cuenta de que su generación cuenta con más personas de origen inmigrante que las anteriores, y que es la que tiene más posibilidades de ver al Rassemblement National en el poder. Ve que vive en una sociedad que envejece, que se regodea al golpear a su juventud inmigrante, proletarizada, humillada y sin futuro.
Durante estos 20 años me he cansado de escuchar a ciertos compañeros criticar al alumnado, comparándolos con sus propias vivencias de estudiantes, idealizando en muchos casos sus épocas adolescentes y contraponiéndolas con las de estos alumnos. Esta clase de profesorado, no mayoritaria pero sin abundante, apela a una nostalgia del pasado bastante rancia sin entender que los contextos cambian con cada generación aunque nos cueste creerlo. Si mi adolescencia en lugar de transcurrir durante los años 90 hubiera sido ahora, lo único seguro es que hubiera sido muy distinta. En muchos casos, estos «compañeros» hacen gala de una falta tal de empatía que llegas a pensar que quizás sustituyendo el factor humano con por una IA el alumno obtendrá una atención más humana en muchos casos. Bonita paradoja. En estos días de huelgas y movilizaciones por la escuela pública. Muchos hemos echado la vista atrás recordando aquellos años de «mareas verdes» y reivindicaciones contra aquellas políticas de recortes masivos. Fue quizás en aquel momento cuando el sistema educativo evidenció su herida más crítica. Fue entonces cuando evidenció abandonar su principal objetivo: educar a una generación joven para que de forma igualitaria pudiera alcanzar los objetivos vitales que ellos mismos se propusieran. Dejamos de ofrecer el futuro a quién más lo necesitaba.
Para ir terminando con este análisis irregular y deslavazado solo me queda añadir que de la ilusión y la escasa vocación con la que empecé me queda experiencia, conocimiento y algo de cansancio. Veo al sistema educativo bastante roto. No tengo claro como podemos empezar a coserlo pero si creo que urge ponerse manos a la obra lo antes posible porque entre las costuras abiertas se nos está escapando una generación tras otra. Se nos escapa el futuro.
Octubre 2026